jueves, 14 de abril de 2011

La incursión de Doolittle


Cuando Japón atacó Pearl Harbour en 1941 el americano medio se sintió como si usted o yo nos levantáramos en plena noche y vierámos a una familia totalmente desconocida en nuestro salón, celebrando un cumpleaños a costa de nuestro frigorífico... Mitad asombrados, mitad indignados. Lo cierto es que Estados Unidos quedó en estado de shock. Por más que la actitud japonesa durante los últimos meses había sido un poco "poligonera", el tío Sam se sentía relativamente seguro al otro lado del mar, convencido de que la dependencia económica de Japón en materias primas (unido al fuerte desprecio con el que en Estados Unidos se valoraba la capacidad mental del japonés tipo...) hacía imposible un "calentón" japo; evidentemente, estaban equivocados.

El problema es que, básicamente, EEUU no tenía con que responder; sólo disponía de tres portaaviones en el pacífico, uno de ellos en reparaciones y éstos eran demasiado valiosos para arriesgarlos en un ataque en masa contra la metrópoli nipona, y los bombaderos pesados americanos estaban aún en el plano de dibujo. Sin embargo Roosevelt estaba convencido de que algo había que hacer... de que había que agitar el sentimiento de orgullo norteamericano y que transmitir una imagen de debilidad era lo peor que se podía hacer en ese momento.

La solución, ¡y qué solución!, se la dio el comandante Doolittle, una especie de visionario que tuvo los bemoles de ofrecerle una alternativa a su presidente lo suficientemente innovadora para pensar que al tirar los dados, habría una mínima posibilidad. El amigo Doolitlle escogió un bombardero medio, el North American B-25 mitchell, normalmente basado en tierra pero al que se iba a transformar de la noche a la mañana en un borbardero embarcado de primera calidad... ¿Qué cómo?... pues desponjándole de cualquier cosa que pesara más de un gramo y que no fuera completamente imprescindible. Así, después de reclutar tripulaciones de calidad para la misión, se cargaron en la bodega del portaaviones Hornet 16 de estos aviones y se empezaron a desmontar largueros, compartimentos estancos, dobles fondos, armarios de material, instrumentos... a fín de dejar al aparato en carne viva... y para horror de los tripulantes, se sustituyeron las ametralladores (unos 90 kilos cada una incluida la munición) ¡por palos de escoba pintados de negro!

El 2 de abril de 1942, el Hornet puso proa al imperio del sol decidido a protagonizar la venganza estadounidense pero un pesquero japonés lo divisó; como consecuencia de ello, Doolittle decidió que, o se despegaba en el acto o las posibilidades de llegar de una pieza a sobrevolar Tokyo eran tirando a nulas, y ordenó a sus pilotos enfilar el objetivo a casi 1.000 kilómetros de distancia. Para usted o para mí ese dato apenas nos dice nada pero para un piloto con experiencia y conocimientos básicos de sumas y restas eso significaba que, simplemente, no habría combustible para volver... con lo que la única opción de volver a ver a la parienta era aterrizar de emergencia en China...

Con este panorama tan "esperanzador" y con los pilotos convencidos de que aquello era ir pa ná, se las arreglaron para alcanzar las ciudades de Tokyo y Nagoya y bombardearlas. Los daños fueron leves (la verdad es que los aviones daban para poco) pero los mandos militares japoneses quedaron horrorizados y avergonzados por el audaz ataque: Los estadounidenses podían alcanzar la madre patria y tenía pinta de que podían volver a hacerlo por lo que fue necesario asignar aviones y recursos a la defensa de Japón... aviones y recursos que eran muy necesarios en otros sitios. Estados Unidos, por contra, sufrió un repentino ataque de moral y aquellas imágenes de unas decenas de casas chamuscadas en Tokyo hicieron más para reforzar la autoestima estadounidense que cualquier discurso o soflama que le pudieran dedicar desde un atril... Estados Unidos había demostrado que contaba con cantidades inagotables del recurso más preciado del ser humano... Voluntad.

En cuanto a los aviones, ninguno volvió; algunos de sus tripulantes aterrizaron en Rusia donde fueron confinados, otros en la China ocupada donde fueron apresados por los japoneses y algunos, los más infortunados, en Japón, donde fueron ejecutados o dejados morir de hambre...

¿Doolittle?.. Bien Gracias; posiblemente el único caso en la historia de la aviación, de comandante ascendido a general.. después de haber perdido todo su escuadrón...

Saludos!

martes, 25 de enero de 2011

Mi nuevo proyecto...


...Financiero, fiscal y económico. Espero cojerlo con ganas!

jueves, 18 de noviembre de 2010

¡Quítame de ahí ese cargo!

En la última remodelación de gobierno, la elección del responsable de la cartera de trabajo guardó cierta similitud con el juego de las sillas… ese en el que debemos circunvalarlas al ritmo de la música y evitar ser el último en depositar nuestro trasero en una de ellas cuando aquella deje de sonar… Pues bien, a Valeriano no se le dió muy bien y perdió… Y es que, hay cosas que no pasan ni con pan, oiga; toda la vida esperando a que la superioridad se acuerde de uno y, cuando lo hace, es para “premiarte” con un marrón tamaño King size al que no hay ni por donde meterle mano…

Eso mismo debió pensar Von Paulus cuando a finales de 1941, en pleno orgasmo militar alemán, le otorgaron el mando de una formación de élite de la Wehrmacht que respondía al nombre de VI ejército y que estaba considerada como la crema de las unidades alemanas en el frente del este. Sobre el papel, militarmente, podríamos pensar que a Paulus le había tocado el gordo pero la realidad distaba mucho de ser así; En realidad el VI era responsable de alcanzar una maraña de objetivos tácticos – estratégicos que variaba, casi diariamente, según el humor del que se hubiera levantado el Furher aquella mañana y, entre aquellos, el más importante era tomar al asalto la pintona ciudad de Stalingrado, ante la que Hitler había desarrollado una fijación casi paranoica. El marrón era, en realidad, impresionante, pero además Paulus distaba mucho de ser el hombre adecuado; de origen humilde era, como decía mi abuela, "de poco molestar", había pasado en la sombra la práctica totalidad de su carrera militar y, casi desde el principio, se había especializado como oficial de estado mayor donde podía sacar partido de sus hábitos de rata de biblioteca y gusto por el trabajo administrativo. Hasta donde se sabía, su mejor virtud era una increíble capacidad para pasar inadvertido.

Sin embargo, cuando parecía que Paulus no volvería a pisar una trinchera en su vida, su superior directo, Von Richenau, un alemanaco con cara de mastín que gustaba de correr semidesnudo por las estepas rusas para ponerse a tono, sufrió un ataque al corazón victima de sus extraños habitos de fitness y, para remate, mientras le trasladaban, el avión en que viajaba se pegó un talegazo… y por allí que andaba nuestro protagonista.

Al principio, las cosas como son…, no le fue mal; con el apoyo de sus aliados lanzó tres ataques contra la ciudad, el tercero de los cuales fue absolutamente brutal y le llevó a dominar las cuatro quintas partes de Stalingrado. Sin embargo, en realidad su ejército se estaba desangrando: poco acostumbrados a las distancias cortas, los alemanes se veían abocados a una lucha casa por casa que les repugnaba y en la que no podían ejecutar aquellas maniobras de envolvimiento en las que eran maestros. Los rusos, pegados al terreno y, no nos olvidemos, defendiendo sus casas, optaron por “arrimarse” lo más posible para que la artillería y la aviación nazi no pudieran atacarles… por miedo a alcanzar a los suyos. Mientras tanto, decenas de miles de soldados frescos se acumulaban en los flancos alemanes, débilmente defendidos por unos pocos miles de italianos y rumanos que no sabían muy bien que estaban pintando allí.

Así, cuando Paulus creía que iba a pasar a la historia como el conquistador de Stalingrado, los rusos desencadenaron la Operación Urano, pegaron dos sopapos en los escasamente defendidos flancos de Paulus y, en "na" de tiempo, rodearon al VI ejército. Paulus, con un frío de mil demonios, tardó en comprender la gravedad de la situación pero, al menos, clamó a Hitler para que le autorizara a intentar una retirada ahora que al menos la mayor parte de sus hombres aún estaban sanos… Hitler, desde lo calentito de su bunker claro está, se negó. Los alemanes, encerrados en una bolsa que se constreñía por efecto de los ataques rusos, se defendían con las fuerzas que debe dar la desesperación pero los intentos de reaprovisionarlos por aire no funcionaron con lo que empezaron a faltan gasolina, suministros y comida. Día a día, el VI veía como sus posibilidades de sobrevivir menguaban y Paulus comprendió que iba a pasar a la historia… pero no como él hubiera querido. El 30 de enero de 1943, días después de volviera a la bolsa en avión y de que rehusara abandonarla defitivamente, Hitler le ascendió a mariscal de campo… no para premiarle sino para recordarle que ningún mariscal alemán se había rendido nunca ante el enemigo.

Pero el general alemán, desilusionado con su jefe, demacrado y enfermo, mandó a freir esparragos medio siglo de tradición germana y se rindió, junto a los 90.000 hombres que le quedaban… Cautivo de los soviéticos, adjuró públicamente del nazismo (se cree que por convicción) y fue liberado en 1953, dos años antes de que los 5.500 supervivientes del VI ejército volvieran a sus casas y se estableció en la antigua RDA donde murió olvidado por todos y, al parecer, dominado por enormes remordimientos de conciencia.

Al menos, su mujer, le estaba esperando...

martes, 20 de abril de 2010

Volvemos...

lunes, 13 de abril de 2009

El ahora es el principio del final...

... y este caso no es una excepción. Todo lo que realmente merece la pena en esta vida reune dos condicionantes... es difícil de conseguir... y no es para siempre. Los acontecimientos, las necesidades, las circunstancias... en definitiva, el momento vital de cada uno, determina el cómo y el cuándo. Y a partir de ahí... la honestidad manda...

La honestidad de saber que las ideas flaquean y que las fuerzas escasean, la honestidad de asumir que cada vez es más difícil cumplir las expectativas más importantes y que quizás nos hemos equivocado al elegirlas y al ponderarlas; la certeza de percibir que la frescura se pierde - quien sabe si momentáneamente - y que se ha transformado en vértigo y el convencimiento de que, como diría Napoleón, "Quien abarca todo acaba no abarcando nada..."

En este preciso momento, me retiro... retirada que debe entenderse, si no como victoria, si como un éxito por cuanto sirve de punto de partida para nuevos desafíos, relacionados pero diferentes, que deberían servir para que volvamos a coincidir en breve, seguramente en las librerías y con total certeza en la red. De ambas empresas informaré en este sitio, en el momento en que la luz las ilumine por completo y os invitaré a disfrutarlas, por supuesto, como no podía ser de otro modo.

Solo queda agradecer a todos, no ya los comentarios y salutaciones, sino la absoluta deferencia en pasar por aquí y sacrificar unos minutos de cada día en leer conmigo sobre aquellos acontecimientos que motivaron que el hoy sea precisamente el nuestro y no otro, regalándome lo más valioso que tenemos por cuanto es lo único que no se recupera... el tiempo. Espero pagaros con el mío y ofreceros algo ilusionante en en futuro cercano para seguir ejerciendo de seres humanos... leyendo... preguntándonos... y compartiendo...

"El mar dará a cada hombre una nueva esperanza..." Cristobal Colón

viernes, 6 de marzo de 2009

La perversión de la democracia

Complicado este mundo nuestro... Y, en ocasiones, difícil de entender.

La democracia es un sistema perverso en sí mismo; Garantiza, al menos se supone que lo hace, la elección como líder de la persona más respaldada por una asamblea de ciudadanos, en principio, libres. En este momento se suele presuponer que al ejercer de tales, esos mismos hombres libres serán capaces de hacer recaer su elección es el candidato más adecuado... lo cual no deja de ser una absoluta gilipollez. Ésta pequeña tara del sistema acarrea la posibilidad de una consecuencia terrible e inevitable... Qué esa elección puede recaer en cualquiera, puesto que solo hay una cosa más manipulable que un ser humano... y ésta es un grupo de seres humanos.

Al hilo de todo esto, no deja de sorprenderme que, en ésta loca carrera en la que la sociedad anda metida por certificar que tenemos tal o cual título o habilidad, el proceso democrático haya conseguido mantenerse al margen. Estamos tan confiados del invento que exigimos que para desempeñar con corrección el trabajo de barrendero u ordenanza – con todos mis respetos a ambas categorías profesionales – haya que justificar cierta preparación académica, ausencia de taras psicológicas, buena conducta y superar, en el mejor de los casos, un par de procesos de concurso oposición. En cambio, ni exigimos la misma preparación al que mete el voto en la urna ni, claro está, al candidato que al final acaba alzándose con el triunfo, con lo que éste puede revelarse como manifiestamente indeseable para el cargo o incluso, como un completo zote. Y nos da igual... y lo damos por bueno...

Porque lo hemos elegido nosotros.... (mentira ya que el candidato lo ha elegido su partido...)

Porque lo hemos elegido libremente... (es un decir ya que no hemos intervenido en la confección de las listas ni podemos, salvo en algún caso, modificar ni la presencia ni el orden de los candidatos...)

Porque lo ha elegido la mayoría... (en ocasiones, pero no siempre... ya que en algunos procesos electorales si sumanos la abstención al voto nulo, esta agregación resultaría la fuerza más votada.)

¡Y pa´casa! Que ya hemos cumplido... y solo nos queda esperar a que pasen unos años para repetir proceso borreguil y funesta consecuencia. A mirar los informativos, donde se nos bombardeará con datos de participación que siempre resultarán altísimos y topicazos como que “no se han registrado incidentes” o que “ha triunfado la democracia”... Pero ¿qué esperaban? ¿Qué nos matásemos a la entrada del colegio electoral? y... ¿si triunfa la democracia... resulto, por ende, triunfante yo también...?

Los griegos, primeros demócratas de la historia y personajes inteligentes – pues se las arreglaron para sobrevivir a las infernales tensiones internas que soportaron, resistieron a los persas y solo sucumbieron ante Roma, a la que luego conquistaron con su arte – manejaban el sistema de forma ciertamente diferente a la nuestra; Para empezar, solamente podían votar aquellos varones adultos que hubieran completado su entrenamiento militar. Tranquilos... no haré ningún chiste fácil acerca de la idoneidad de dejar a la mujer fuera del proceso electoral pero, si unimos a esto que, al contrario, quedaban inhabilitados para el sufragio los traidores, los maleantes, los condenados por mantener deudas contra el Estado o contra otros ciudadanos... caeremos en la cuenta de que era necesario, al menos, estar al día como ciudadano libre. No quiero ni pensar, lo despoblados que se iban a quedar algunos colegios electorales en caso de aplicar aquí algo, siquiera parecido.

Por otro lado, los atenienses debían de disfrutar con la democracia porque entendían las votaciones como una auténtica fiesta y el porcentaje de participación en el proceso era altísimo, resultando la abstención una rareza y el voto nulo, una quimera. Además, entendían el asunto como de tal importancia, que el iniciador del proceso era conocido como el Ho boulodemos, esto es, “cualquier persona que lo deseé”... con lo que, en principio, cualquier interesado, ayudado por unos cientos de jueces, administrativos y funcionarios, podía poner el marcha el sistema a discreción... Y se tenía tal respeto por esta función, que su comportamiento era infiscalizable y su responsabilidad ante el pueblo, nula de pleno Derecho. Los que si la tenían, contrariamente a lo que hoy sucede, eran los cargos elegidos en esos procesos electorales. Cuando un ateniense asumía un cargo, inmediatamente era considerado como un sirviente de la ciudadanía, tenía la obligación de rendir cuentas por cualquier decisión y podía ser castigado muy duramente si era condenado por nepotismo, corrupción o incluso incapacidad... con lo que ejercer un cargo público podía, en ocasiones... revelarse como muy peligroso.

Tan enamorados estaban de su invento que le hicieron el mejor favor posible... mejorarlo; Convencidos de que no era ni mucho menos perfecto y de que las elecciones favorecían a los más ricos y elocuentes, determinados porcentajes de cargos estaban reservados a aquellos que eran elegidos mediante sorteo. Este sistema se entendió necesario para prevenir corruptelas y para garantizar a todos los ciudadanos ciertas posibilidades de ser elegidos. Además, era necesario tener más de treinta años de edad para resultar elegible (para algunos cargos eran necesarios cuarenta) y al finalizar el mandato, el susodicho debía superar una reválida conocida como "euthunai" o escrutinio, que revisaba su actuación y le declaraba limpio de polvo y paja.

En el otro lado, un centenar largo de cargos debían ser elegidos por votación, todos ellos con un alto componente económico o militar. ¿Por qué?... pues porque, primero, se entendía que en el caso de los que iban a meter la mano en la caja, si éstos disponían de gran patrimonio, era posible recuperar el resultado de futuros desfalcos y, en el caso de los segundos, ciertamente para ocupar el puesto de "Stratego" o líder militar, había que acreditar fuertes conocimientos militares además de contactos en todas las poblaciones a las que luego podría ser necesario recurrir, en el caso de que los persas se pusieran más pesados de lo normal.

Aparte de la asamblea o "Ekkesia", donde residían los poderes legislativos y algunos de los ejecutivos, el Consejo de los Quinientos o "Boulé" se ocupaba de tareas como la recepción de los embajadores extranjeros, fiscalizar la actuación de determinados cargos públicos o custodiar las llaves de las arcas que conformaban el tesoro... Se consideraba tan importante que no se podía repetir el cargo y rotaba con tanta celeridad, que se calcula que la cuarta parte de los varones libres de Atenas ocuparon una de sus sillas en algún momento. La tercera pata del invento eran los Tribunales o "Dikasteria", para los que era necesario acreditar la edad más alta entre todos los funcionarios, ya que los griegos asociaban edad con sabiduría. Sin embargo, curiosamente, fue el instrumento de poder que peor funcionó ya que, al no haber juez, al no poder durar los juicios más de un día y al ser inmunes sus miembros a cualquier tipo de castigo... se vivían con cierta asiduidad todo tipo de excesos o castigos, que solo fueron mitigados en parte con la posibilidad de anular el juicio en caso de demostrarse la doblez de los testigos.

En resumen, qué diferente y que semejante forma de entender lo mismo... El deseo de autogobernarse con justicia y una cierta equidad desemboca en la invención de un sistema que, honestamente, creo que no hemos sido capaces de mejorar demasiado. ¿Limitaciones nuestras o de la propia democracia? Quien sabe... En cualquier caso, me quedo con el texto que se leyó durante los funerales de Pericles, uno de los hombres que más amó la democracia y que más la utilizó...

"Tenemos un régimen político que no se propone como modelo las leyes de los vecinos, sino que más bien es él modelo para otros. Y su nombre, como las cosas dependen no de unos pocos, sino de la mayoría, es Democracia. A todo el mundo asiste, de acuerdo con nuestras leyes, la igualdad de derechos en los conflictos privados, mientras que para los honores, si se hace distinción en algún campo, no es la pertenencia a una categoría, sino el mérito lo que hace acceder a ellos; a la inversa, la pobreza no tiene como efecto que un hombre, siendo capaz de rendir servicio al Estado, se vea impedido de hacerlo por la oscuridad de su condición."

¿Es así?

martes, 3 de marzo de 2009

La crisis económica en el Imperio Romano

Se lo que significa consolarse con el “mal de muchos” pero... ¿qué queréis?... la periodicidad y repetición de ciertos acontecimientos históricos le dan a uno la seguridad de que, al menos otros caían en los mismos errores que un servidor y, además, que de todo se acaba saliendo... y que no hay mal que cien años dure.

El imperio romano, allá por el siglo II después de Cristo era, al parecer, una máquina de generar prosperidad perfectamente engrasada; con las fronteras más o menos estables, sin demasiadas guerras de importancia, con un florecimiento importante del comercio y con los emperadores muriendo de viejos y no atravesados precisamente por objetos punzantes, daba la impresión de que se había alcanzado un estado de felicidad generalizada. Sin embargo, la Teoría del caos, la de Gaia y alguna más, vienen a decir que dicha sensación nunca presagia nada bueno, confirmándose los peores temores un siglo más tarde, en el III d.C.... y con intereses.

A partir de comienzo del tercer siglo, los emperadores “fuertes” fueron sustituidos, por pura casualidad, por un nutrido grupo de nulidades – con algunas excepciones – cuya única preocupación al levantarse por la mañana era asegurarse de que al rival, real o imaginario, no le diera por intentar apoderarse de la poltrona. Esta desconfianza generaba todo tipo de eventos militares, desde expediciones punitivas a guerras interminables, cuyas consecuencias afectaban de manera principal a los propios habitantes del Imperio. Por el mismo carácter “civil” de estos enfrentamientos, apenas se generaban esclavos con lo que la pieza fundamental de la economía romana, el latifundio esclavista, se empezó a tambalear por una endémica falta de mano de obra... Aquí habría que añadir que el ascenso del cristianismo, que como idea puede estar bastante bien, le hizo un flaco favor a la Roma Imperial ya que, con sus manías de que todos los hombres somos iguales – que más quisiéramos... – la figura del esclavo empezó a ser cuestionada en sí misma... Por tanto, primera causa del apagón... la crisis del modelo esclavista romano.

Muy relacionado con lo anterior, encontramos otro cambio que también hará tambalearse el modelo productivo de los primeros italianos... veréis... A los legionarios romanos, al licenciarse después de la pila de años de servicio cotizados, se les otorgaba como regalo último un pedazo de tierra cultivable o una cantidad en dinero, en la mayoría de los casos a elegir entre una u otra. El afortunado poseedor de la tierra empleaba mano de obra gratuita para su aprovechamiento, generándose así, a lo tonto, excedentes de productos agrícolas que acaban sujetando los precios como indica el abc de cualquier teoría económica... “a gran cantidad de oferta, los precios tienden a bajar” Pero, a medida que al estado se le fue acabando la tierra cultivable de cierta calidad, empezó a otorgar títulos de propiedad de tierras pantanosas, áridas o totalmente inhábiles para plantar nada que no fuera una señal de trafico con lo que primero, los legionarios dijeron “nones” y segundo, empezaron a reclamar su pensión en metálico... ¿Resultado? Pues menor abastecimiento de productos básicos, menor oferta y, por ende, la palabra maldita de la economía moderna... la Inflación... segunda causa.

Ya tenemos menos tierra trabajada y productos más caros; para completar el triángulo de las bermudas de la economía nos hace falta una tercera pata, derivada de las anteriores. La subida de los precios de productos básicos que aconteció, acabo motivando que al poco, hubiera que ir a comprar el pan con una carretilla llena de monedas; para paliarlo, a alguna mente preclara se le ocurrió emitir numerario con menor cantidad de metal con lo que lo único que había sujetado algo la inflación, esto es, la falta de liquidez en el mercado, se diluyó al instante. Pero a ese “licenciado” se le olvidó que los impuestos del estado estaban medidos en la misma cantidad de monedas con lo que los ingresos se redujeron hasta un punto casi cómico y, para cuando se actualizaron los importes a hacer efectivos en el primitivo IRPF, nadie tenía un condenado duro, todo el metálico estaba en manos de cuatro especuladores y las minas – como las españolas de Las Médulas – eran incapaces de aportar metal precioso con la suficiente rapidez y algunas estaban agotadas. Aquí tenemos la tercera causa, casi consecuencia, de la crisis: la devaluación de la moneda.

Como todo lo que va mal puede ir aún peor, al los economistas romanos la tostada se les cayó por el lado de la mantequilla; Visto que pedir dinero a la gente era solicitarle peras al olmo, se fomentó la vuelta a un primitivo sistema de trueque e incluso el estado empezó a cobrar sus impuestos en especie, fundamentalmente en grano. Pero conviene recordar que la explosión demográfica romana y la falta de mano de obra esclava habían degenerado en una tremenda restricción de la oferta cerealista... restricción que fue a peor ya que los pobres agricultores retenían las cantidades para pagar sus impuestos y apenas quedaban excedentes para los mercados de abastos... Al estado, de nuevo, el tiro le sale por la culata y empieza a recaudar aún menos... tiene menos ingresos. Además, visto que ser agricultor no compensa ni de lejos, una legión, en este caso de desheredados y descontentos de la azada, inunda las ciudades dispuesta a buscarse la vida trabajando de lo que sea... trabajos que antes realizaban los esclavos... y que muy pocos pueden pagar... apareciendo la palabra con la que más sueña ZP últimamente... Paro.



Y ahora os digo... ¿Cómo se solucionó semejante entuerto?

Encuesta "¿Cúal de las siguientes reliquias tiene alguna posibilidad de relevarse cierta?"

Hola majetes, como diría Esperanza Aguirre

A la pregunta "¿Cuál de las siguientes reliquias tiene alguna posibilidad de relevarse cierta?" habéis dejado claro dos cosas: Primero, que dais por cancelada la posibilidad de que alguna de ellas resulte veraz y, segundo, que os da bastante igual si eso se produce en el futuro.

Podría preguntar si semejante resultado es bueno o malo pero ya me parece abusar... :-)