sábado, marzo 08, 2008

La sonrisa de Yamamoto


Soy un afortunado... ¿Qué porqué? Pues... porque tengo la suerte de trabajar en algo que no me obliga a estar todo el día sonriendo. Me explicaré: Ayer por la mañana pasé por delante de una de las cafeterías de la cadena Starbucks y, contrariamente a lo que sería normal en mí – yo soy más de pan con tomate... – me decidí a entrar y llevarme un café con leche y algo de bollería para hacerme más llevadera la mañana. Una vez dentro, no sé que es lo que más me llamó la atención, sí los desorbitados precios de los artículos que dicha cadena ofrece, o las alicatadas sonrisas de los tres ¿camareros? – si estoy en una cafetería deberían ser camareros ¿no... ? – que se afanaban en atender al público. Las sonrisas eran tremendas, máximas, superlativas... Cuando por fin llegó mi turno, una hermosa joven se afanó solícitamente en prepararme mi pedido a la vez que me preguntaba mi nombre para escribirlo en el vaso (¡!) provocando en mí una cierta desazón, como si me fueran a hacer devolverlo... y todo ello con aquella sonrisa deslavazada y enorme que, en comparación, podía certificar que, a su lado, Julia Roberts tenía “boquita de piñón”... Total que, mientras aquella joven me acomodaba mi pedido en un bolsa de cartón, un compañero suyo pasa por detrás, la golpea accidentalmente y la hace perder un poco el equilibrio, con el resultado de que mis magdalenas empezaron a estar empapadas de leche algo antes de lo esperado. La joven y el joven miran en lo que se había convertido mi pedido, se miran entre ellos... y atornillan aún más sonrisas en sus bruces, hasta el punto de parecer que iban a saltar de su cara por el efecto de la tensión...

¡Jooooooder! ¡A mí... me pasa eso... y empiezo a mentar al padre de toda la humanidad desde los Reyes Católicos y el Cid Campeador! Pero por Dios... ¿Qué sentido tiene la vida si no te puedes cabrear? Por eso me alegro de mi condición de Director Financiero: la gente asume que, al estar todo día con cobros, pagos, vencimientos, proyecciones, datos, presupuestos y cahs flows... vamos... con dinero pa’arriba y pa’abajo... tienes todo el derecho de mundo a estar todo el santo día de mal café. Y eso amigos, no tiene precio... Puedo chillar, maldecir jurar en arameo, tener el ceño permanentemente fruncido, llamar a voces a la gente, asomar la cabeza por la puerta del despacho y gritar... “Yolanda... vamos ¡coño!... ¡que es para hoy!”... y a todo el mundo le parece normal. En resumen, vivo en un continuo desahogo que a nadie extraña. Además, mato dos pájaros de un tiro: no solo puedo cabrearme “ad infinitum” sino que, como en el fondo soy tan buena persona como vosotros, tiendo al arrepentimiento... y ¿acaso para alcanzar la salvación no hay que arrepentirse?

El almirante Isoroku Yamamoto tampoco era mucho de reírse, la verdad. Normal... teniendo en cuenta el pastel que le tocó comerse... Este militar con nombre de moto de dos tiempos fue el séptimo hijo de un maestro de escuela y su nombre, “Isoroku”, significa “56” en japonés, la edad de su padre cuando él nació. Quizá por el cabreo que se cogió cuando se enteró de que se llamaba como un número de bingo, llegó a ser alférez de marina por la vía rápida y durante la guerra ruso – japonesa de 1905, en la que se comportó con excepcional heroísmo perdiendo además dos dedos de la mano izquierda, fue adoptado por la familia Yamamoto. Una vez acabada la guerra se casó y fue enviado a Estados Unidos, nada menos que a la Universidad de Harvard, donde completó su formación a todos los niveles, destacando en literatura europea y razonamiento lógico y verbal.

De regreso a su país desempeñó toda clase de cargos de responsabilidad, desde jefe de arsenales y bases navales hasta el cargo de agregado militar de la embajada de Japón en Washington. Durante estos años empezaron a revelarse ciertos desencuentros con las tradiciones niponas, sobre todo en el campo de la aviación. Yamamoto se hizo amigo de la mayoría de los agregados militares del resto de embajadas de los grandes países occidentales y, gracias a sus conversaciones con éstos y a sus visitas a las enormes factorías estadounidenses se convenció bien pronto de que, en la próxima guerra, un acorazado iba a ser tal útil como un rinoceronte blanco en el Gran Ballet Ruso. En una de sus conferencias en Japón – siendo ya Viceministro de Marina – espetó a su auditorio que la construcción de los nuevos acorazados Yamato y Musashi era, literalmente, “quemar billetes con un mechero”. Semejante afirmación, en un país en el que las tradiciones se las ponía uno al levantarse cada mañana y en el que se medía la hombría por el diámetro del tubo de los cañones – también llamado calibre... – ocasionó tal polvareda que se puso a una buena parte de la sociedad en su contra. “56”, no solo no levantó el pie del acelerador sino que se hartó de decir al que le quisiera escuchar, que Japón no tenía la más mínima posibilidad de mantener un conflicto con Estados Unidos más allá de 18 meses.

Las afirmaciones de Yamamoto no eran fruto del derrotismo sino del conocimiento óptimo de las posibilidades del enemigo... y de las suyas propias. Y, al mismo tiempo, que enumeraba los problemas en los que iba a ver en envueltos sus hombres – y, por ende, su pueblo – se dedicaba a corregirlos afanosamente, ya convertido en Almirante y Jefe de la Flota Combinada. Isoroku no deseaba entrar en guerra con los Estados Unidos pero una vez tomada la decisión por su gobierno, se dedicó en cuerpo y alma a dar a su país una posibilidad de vencer. Fue él el que decidió que Pearl Harbour debía de ser sometido por la aviación y no por un desembarco y suyo fue también plan de atacar la base. Tras su éxito, Yamamoto sufrió una terrible derrota en Midway quizá, por el exceso de confianza acumulado tras una carrera de éxitos militares que le había llevado a dominar la mitad del océano pacífico. Meses más tarde, durante la batalla de Guadalcanal, decidió visitar a sus hombres para inspirarles confianza y reforzar su moral. El cable que anunciaba su llegada fue interceptado por los americanos que desplegaron un sin fin de cazas para “recibirle”. Fue localizado y derribado, el 18 de abril de 1943.

Su muerte dejó al Japón, no solo sin un gran líder, ciertamente valiente y capaz, sino sin la única persona entre su Estado Mayor que valoraba correctamente el potencial de su enemigo... aquel “gigante dormido” que él mismo confesó haber despertado. Yamamoto luchaba, pero deseaba fervientemente la paz.

Quizá por eso, y por lo que le estaba tocando vivir, apenas sonreía...

lunes, marzo 03, 2008

Las enfermedades del mar

Algo que leer nunca viene mal...

Mi médico – al que afortunadamente veo de pascuas a ramos... – suele decir que nos preocupamos demasiado por las enfermedades, teniendo en cuenta que son parte de nuestra condición humana y nos acompañaran siempre... que, al igual que el destino último de todo buque es hundirse y el de un avión terminar acercándose contra el suelo a una velocidad absolutamente insana, el de todo hombre es enfermar, constituyendo lo contrario, prácticamente, una anatema sanitario. Claro, pienso yo... eso se puede decir si, como él, tienes casi cincuenta años, la apariencia de diez o doce menos y estás, casi a las ocho de la tarde, fresco como una lechuga; estoy seguro que a la legión de ancianitas que le vistan por la mañana, el tema les preocupa algo más y, seguro, de manera bien diferente...

Cierto es que las enfermedades se han constituido como nuestras muy fieles compañeras de viaje desde que el hombre es tal, y que, al igual que la ropa, han ido apareciendo casi por modas y ligadas a épocas concretas y problemáticas humanas bien diferenciadas. Por ejemplo... con el desarrollo de la navegación ultramarina, a mediados del siglo XVI, se generalizaron entre los pasajeros y, más aún, entre los marineros, dos curiosas dolencias que han dado para un sinfín de literatura: el escorbuto y el tifus.

La primera de ellas, el escorbuto, aún causaba verdaderas sangrías entre las tripulaciones de largas travesías en una época, en principio, tan desarrollada como los años finales del siglo XVIII. Después de meses, o a veces incluso unas pocas semanas en la mar, los marineros empezaban a desarrollar unos curiosos y muy específicos síntomas que hacían la enfermedad absolutamente reconocible; al principio, se quejaban de debilidad y falta de energía y de malestar general, trastornos que eran seguidos de violentas hemorragias alrededor de los folículos capilares, sangrados de encías, afloramiento de los dientes y una halitosis como no os imagináis. A medida que el mal avanzaba, se hacían presentes unas manchas en la piel y, en las tripulaciones de los buques de guerra, hombres generalmente víctimas de numerosas y violentas heridas, éstas acababan por no cicatrizar, volviéndose a abrir e incluso quebrándose fracturas óseas que, en apariencia, estaban perfectamente soldadas. Sin un adecuado tratamiento, el afectado moría sin remedio y, hasta pocos años antes de Trafalgar, dicho tratamiento sencillamente no existía. El escorbuto estaba tan generalizado que incluso Nelsonel vencedor de españoles y franceses – lo padeció y evitaba a toda costa reírse porque la enfermedad le había destrozado todos los dientes.

Hoy se sabe que el escorbuto solo afecta a seres humanos, primates y ¡cobayas! puesto que todas estas especies carecen de una enzima que convierte un tipo de azúcar llamado gluconato en una sustancia esencial llamadas ascorbato. En tierra, el hombre goza de una dieta que le permite complementar este déficit a base de, sobre todo, vitamina C pero en alta mar, con una dieta construida a base de insípidas galletas, trigo, avena, y apenas carne o fruta, el marinero tipo desarrollaba la enfermedad sin remedio. En el largo tiempo que los médicos estudiaron de cerca la enfermedad, notaron que los tripulantes que regularmente ingerían manzanas o cítricos eran muy poco propensos a contraer y mal y, poco a poco, se generalizó el consumo de limones y naranjas hasta que, una ración media de tres piezas de fruta o un vaso de zumo se estableció como obligatoria, figurando en las ordenanzas de las armadas de los principales países europeos. Más chocante y mucho menos apetecible era la forma alternativa de evitar el escorbuto... simplemente... complementar la dieta con las ratas que, a cientos, vivían en las bodegas de los grandes navíos de línea... ¿el porqué?... fácil: las ratas son, literalmente, una máquinas de sintetizar ácido ascórbico y constituían la mejor, aunque más desagradable manera de evitar el escorbuto.

En cuanto a la segunda de las dolencias del marinero, dependiendo de la nacionalidad de la tripulación la llamaban fiebre del calabozo, del hospital, de los barcos... y en general, hacía alusión a los escenarios donde era más probable contraerla: donde quiera que hubiese grandes grupos de gente conviviendo sin demasiado higiene, allí habría, seguro, multitud de piojos y pulgas capaces de transmitir el tifus. Quienes se infectaban padecían unas fiebres absolutamente malsanas, el pulso se les aceleraba hasta rozar la taquicardia, sufrían delirios terribles y, normalmente, morían al cabo de tres días. Por eso en los barcos españoles se conocía a esta enfermedad como “la fiebre del tercer día”...

Los galenos de los buques sospechaban que las ropas sucias provocaban el tifus aunque, curiosamente, no porque estuviesen llenas de piojos y chinches sino por el hediondo olor que desprendía el marinero medio. Una limpieza obsesiva del buque y el lavado o destrucción de la ropa de cama y las vestimentas contaminadas demostraba ser una solución efectiva contra la diseminación del tifus pero sólo si al mismo tiempo se aniquilaban las ratas de a bordo; de lo contrario éstas – que seguían portando a las pulgas y piojos infectados – volvían a contagiar a la tripulación. Además, por muy pulcro que fuese el capitán del buque, la costumbre de completar las tripulaciones con conscriptos procedentes de las prisiones no colaboraba a erradicar el mal para siempre del barco. Sin embargo, el tifus también hizo que el ser humano se devanara un poco los sesos para contrarrestarlo y los médicos se las ingeniaron para combatir el mal de una forma un poco excéntrica: como el jabón apenas enjabonaba – valga la redundancia... – mezclado con el agua salina, se empezó a lavar la ropa con una mezcla de jabón, agua del mar y orines, lo que se reveló como un poderoso aliado contra la enfermedad.

Bendito siglo XXI...

jueves, febrero 28, 2008

Hermanos de sangre

Fotograma de "Enrique V"

Enrique V fue un hombre seguro de sí mismo, con una capacidad de liderazgo fuera de lo común y una habilidad diplomática que, en una Europa en la que la mayoría de los reinos estaban divididos o en vísperas de estarlo, no tenía precio. No lo tuvo fácil; Su juventud estuvo marcada por la inestabilidad del reinado de su padre, Enrique de Bolingbroke, que casi perdió la razón a fuerza de intentar contentar a los estamentos eclesiásticos de Inglaterra, a los que debía en buena medida su acceso al trono. Durante su infancia y su juventud se produjeron tal cantidad de usurpaciones e intentos de asesinato que el pobre Enrique tuvo que aprender el arte militar y el uso de la espada, más como necesidad de autodefensa que como obligación derivada de su rango. Pero, afortunadamente, tal estado de permanente necesidad, de desconfianza, de desapego... esa tremenda de falta de cariño, de un asidero emocional en el que apoyarse... no produjo en él ningún mal irremediable ni le convirtió en un monstruo... en absoluto; Enrique emergió apoyado en su increíble valor y en su apabullante ingenio y, por encima del juicio que se pueda hacer sobre sus acciones y la época que le tocó vivir y lidiar – tremendamente diferente a la nuestra - queda fuera de toda duda que se trataba de un ser humano excepcional.

Su vida es de sobra conocida, así como sus méritos: aseguró su reino, formó un gobierno fuerte, sofocó las rebeliones de los galeses y los escoceses, conquistó Normandía y amenazó el mismo corazón de Francia, todo ello con unos recursos limitadísimos, un ejército exiguo y por momentos enfermo y desnutrido pero ejerciendo su liderazgo con grandes dosis de pasión y una firme voluntad de sacar adelante todo aquello con lo que se enfrentaba.

Afortunadamente nos han llegado testimonios de algunos de los que combatieron con él, pasaron la noche en la misma tienda o trinchera, o le siguieron a través de llanuras y pantanos... En las cartas y escritos, de muy diferentes estilos, algunas muy concienzudas y con gusto por el detalle... otras mucho más emotivas, se aprecia una visión del personaje casi idílica que costaría mucho creer... de no ser porque todas ellas coinciden en ello sin, prácticamente, ningun matiz de discrepancia. Sus compañeros, sus generales, sus amigos – que los tuvo, aún siendo Rey... – hablan de las sensaciones que sentían a su lado, de la seguridad que transmitía, y de su mirada, al parecer, absolutamente clarividente. Su jefe de suministros y materiales, Nicolás Merbury, que le acompañó en la batalla de Agincourt, en 1415, nos dice “... hablaba del amor por Inglaterra, de sus ilusiones, del calor que sentía cuando se acordaba de los que había dejado en la patria... En palabras de otro casi parecían estupideces pero... en su boca... uno se sentía obligado a creerlas”

En vísperas de la batalla, Enrique se subió a un carro y se dirigió a sus hombres en un discurso cordial y cercano pero muy firme y decidido; les habló de lo que se jugaban, de las responsabilidad para con los suyos y con Inglaterra y al parecer, les pidió – no exigió… - lo mejor de ellos mismos. Por desgracia, no nos han llegado las palabras exactas que se pronunciaron aquel día; sin embargo, nada impide leer las que Shakespeare puso en su boca un siglo más tarde en el tercer acto de “La vida de Enrique V”… porque resultan igualmente emocionantes:

Esta historia la enseñará el buen hombre a su hijo, y desde este día hasta el fin del mundo la fiesta de San Crispín y Crispiniano nunca llegará sin que a ella vaya asociado nuestro recuerdo, el recuerdo de nuestro pequeño ejército, de nuestro feliz pequeño ejército, de nuestra banda de hermanos; porque el que vierta hoy su sangre conmigo será mi hermano; por muy vil que sea, esta jornada ennoblecerá su condición y los caballeros que permanecen ahora en su lecho en Inglaterra se sabrán malditos por no haberse hallado aquí entre nosotros, y tendrán su nobleza en bajo precio cuando escuchen hablar a uno de los que han combatido el día de San Crispín

Eran otros tiempos.

miércoles, febrero 27, 2008

Triunfar

"El triunfo romano", de Rubens

Curiosa la idea que tenemos en la actualidad sobre aquel o aquellos que triunfan en la vida... Esta sociedad que tenemos, que obliga a buena parte de su población a tener que hacer tres trasbordos para llegar a trabajar, a ser afortunados poseedores de una hipoteca “gatuna” – esto es, que es necesario tener siete vidas para pagarla – o a medir el éxito profesional por lo que te cuesta la guardería en la que se aparca a los niños de ocho de la mañana a ocho de la tarde... se ha inventado una curiosa constraprestación con la que calmar al populacho: la posibilidad de triunfar… pero... ¡cuidado! no de la manera que pensamos; no caigamos en la tentación de que nuestro entorno social favorece el conocimiento o la virtud... ¡no, no, no!... nuestra sociedad favorece el resultado, independientemente del camino que se haya recorrido para llegar hasta él, o los méritos acumulados en tan complicado viaje. Al contrario que la antigüedad, donde el conocimiento era un objetivo a conseguir por sí mismo, con independencia de que luego se aplicara una, cien o mil veces, y se perseveraba en él toda la vida, actualmente se ha convertido en una excusa con la que escalar lo más alto en el menor tiempo posible, generalmente hasta que uno llega al límite de su propia incompetencia... Una vez allí, lógicamente, con el tiempo se nos empieza a ver el plumero pero, con suerte, estaremos rodeados de más incompetentes como nosotros con lo que saldremos beneficiados por el más común de los corporativismos... el de los mediocres, y con suerte, acumularemos el suficiente tiempo en nómina para ser tremendamente caros de despedir y, de propina, tener algo más con lo que adornar el currículo e intentar, de nuevo, parecer mucho mejor de lo que somos solo sobre el papel.... En eso se ha quedado la existencia del ser humano... en parecer...

Que conste que no estoy en contra de los triunfadores... ¡Nada más lejos de mi intención que dejar de reconocer el justo mérito! Pero convivo mejor con la idea de triunfo que pervivía en el mundo clásico, por más que estuviera casi ligado en exclusiva a los acontecimientos militares. En la antigua Roma, la selecta élite gobernante mantenía – o al menos lo intentaba – una serie de costumbres y exigencias sobre su misma pervivencia. Una de ella era el cultivo de la virtus, curioso e inclasificable termino latino que, salvando las distancias y nada menos que veinte siglos, vendría a ser algo así como los méritos logrados por el individuo en una cierta trayectoria, civil o militar. Cuando era de este segundo tipo, se entendía como la demostración de valor conseguida durante una guerra. En una sociedad acostumbrada a liarse a palos a las primeras de cambio, la valentía militar era especialmente reconocida por el estado y, a tal efecto, existían diversos tipos de condecoraciones y saraos para premiar a todos aquellos que se habían distinguido en el arte de zurrar la badana a la multitud de pueblos con los que los romanos tuvieron… ciertas discrepancias. Así, se otorgaban coronas al valor por haber sido el primero en subir a una muralla, haber salvado al compañero, a todo un ejército, conseguir pasar de cuartos en la Eurocopa y todo tipo de hazañas patrias.

Naturalmente, para el mando supremo del ejército semejantes historias se quedaba pequeñas; para él, había reservado un ceremonial mucho más complicado – y caro – que permitía exhibirse con la familia y mostrarse ante todo el mundo como poseedor de la anhelada virtus: era el Triunfo. Según cuenta la leyenda, los primeros hombres que fundaron Roma, principalmente soldados y agricultores, llegaron a las siete colinas sin la compañía de ninguna mujer. Acto seguido procedieron al rapto de sus esposas entre las aldeas circundantes - ¿os acordais de las sabinas? - y todo ello desencadeno en un gran conflicto armado en el que Rómulo, muy molón él, se impuso en combate singular contra el caudillo enemigo. Una vez finiquitado el problema, Rómulo se acercó al muerto y procedió a quitarle la armadura y sus armas, y las colgó en una rama de roble como trofeo. Acto seguido lideró a sus hombres en procesión, cantando viejas canciones militares y rancheras varias... Este es el verdadero origen del triunfo romano.

Con el tiempo, el desfile triunfal casi adquirió el rango de manifestación y tuvieron que establecerse muchos y variados protocolos. En la cabeza del desfile se situaban magistrados y senadores. A continuación iba el botín conseguido por el enemigo acompañado de maquetas que pretendían simular las ciudades conquistadas. Seguidamente desfilaban unos bueyes blancos, de gran porte, que estaban destinados a ser sacrificados, acompañados por los prisoneros capturados, con el objeto de ser exhibidos antes todos antes de que se les separara la cabeza del tronco… Por fín , aparecía el general en su carro dorado, tirado de cuatro caballos a ser posible blancos. El triunfador era el verdadero protagonista de toda la ceremonia, llevaba el rostro pintando de rojo – parece que por cuestiones religiosas - y se le trataba como a un rey mientras que un esclavo se situaba a su lado y continuamente le susurraba… “recuerda que solo eres un hombre” con el objeto de recordarle a cada poco su condición de mortal. Detrás de él, tenía derecho a desfilar la totalidad del ejército vencedor pero, con el tiempo, solo se permitiría que lo hiciera un grupo más o menos simbólico con el objeto de no congestionar la ciudad ni tampoco descuidar las obligaciones militares de las legiones. Los soldados iban vestidos únicamente con túnicas blancas y desfilaban desarmados – seguramente por la imposibilidad religiosa de portar armas en el pomerium, o límite más o menos místico de la ciudad tan solo “armados” con sus condecoraciones, celebrando con sus cánticos las glorias del general, o ridiculizando satíricamente sus defectos. En un triunfo de César que nos recuerda Suetonio sus soldados no hacían más que difamar a su general por sus malas costumbres, Estas canciones y los insultos que le dirigían no llevaban la intención de deshonrarlo sino de evitar las malas envidias, reafirmar de nuevo su condición de mortal ¡e impedir el enojo de algunos dioses que pudieran vengarse de él como consecuencia de sus celos!

En ocasiones, semejante espectáculo quedaba un poco deslucido por el lamentable estado en que se encontraban los prisioneros que resultaban “elegidos” para participar en el sarao. En el Triunfo de Titoel hijo de Vespasiano – que conmemoraba la caída de Jerusalén, a los cautivos judíos se les alimentó a base de bien varios días antes de la celebración con el fín de que presentaran el mejor aspecto posible y algo parecido ocurrió en la celebración de la caída de Numancia cuando a Escipión le fue virtualmente imposible reunir más que un pequeño grupo de mujeres y niños. ¡Esta claro que la intención del enemigo – es lógico – era deslucir en lo posible el acto!

Saludos

jueves, febrero 07, 2008

"Napoleon" de Richard Holmes


Título: Napoleón, Batallas y Campañas
Editorial: Librería Universitaria de Barcelona
ISBN: 9788496865075
Tamaño: 30 x 26
Páginas: 80
Precio: 39 €

Ayer me gaste los dineros, como casi siempre, en ese triángulo maldito para mí que forman la Cuesta de Moyano, la Casa del Libro y las librerías de la zona de la Calle Arenal y, como siempre, salí contento en grado sumo. Entre mis adquisiciones - alguna de ellas llevadas por la desesperación de un mal día - destaco ésta, el libro "Napoléon, Campañas y batallas", de Richard Holmes. Me gustaría empezar diciendo que no es un libro al uso: es más ancho que alto, tiene relativamente pocas páginas y el amante del ulceroso corso no encontrara, en principio, datos o enfoques diferentes a los que se pueden inferir del estudio de otras obras o de la navegación en Internet. Sin embargo, es libro justifica su precio por dos motivos... 1) la selección de fotografías, grabados, cuadros.... es, sencillamente, genial. Aparte de su cuidada selección, el papel elegido para soportarlo es de altísima calidad con lo que la imagen, destaca doblemente... y 2) cada uno de los capítulos en que se divide la obra - que son muchos y breves - se acompaña de diversas reproducciones tipo facsimil, de todo género de documentación asociada al texto, escaneada en alta calidad con lo que es posible disfrutar de, por ejemplo, la carta con la que uno de los soldados ingleses del ejército de Wellington se despide de su madre antes de la batalla de Talavera, de las anotaciones tácticas de Napoleón la noche previa a la batalla de Waterloo o del testamento político del francés, reproducido de su puño y letra. Todas estas "addendas" son independientes a la encuadernación y se pueden extraer del libro para su más fácil lectura. Además - y esto se agradece... -el libro viene protegido por una funda o carcasa, detalle que no se aprecia con regularidad en obras que multiplican por dos o por tres el precio de ésta. En suma, una obra exquisitamente cuidada que no aporta más luz de la que ya existe, pero que causa especial agrado por la infinidad de detalles con que está realizada. Yo, la recomiendo.

miércoles, febrero 06, 2008

Animales en el nuevo mundo

Uno de los factores de éxito en la conquista española del Nuevo Mundo, y también uno de los menos conocidos, fueron los animales que acompañaron a los españoles en aquella indiscutible gesta de discutidos resultados. Francisco I, Rey de Francia, solía decir que los españoles no iban ni a orinar sin su caballo y su perro; puede que exagerara, o que los cuartos de baño de entonces fueran más grandes que los actuales... – se me antoja complicado meter un equino en un piso de los de ahora, cuanto más en el excusado... – pero, ciertamente, sobre el polinomio conquistador – caballo – perro se ha escrito buena parte de nuestra historia, y claro, Hernán Cortés, Francisco Pizarro o Diego de Almagro no iban a ser una excepción.

Los caballos fueron, desde el principio, un elemento clave. De los dieciséis llevados por Cortés a Méjico en un primer momento, había 11 sementales y cinco yeguas. Depués de aclarar que si fuera caballo, un servidor, con semejante ratio no cruza el charco, os informo que nos han llegado algunos de sus nombres: “Rolandillo”, “Rey”, “Rabona”, “Cabeza de moro”... y por el color del pelo, la mayoría eran tordos o bayos, pero dos de ellos eran píos, esto es, moteados con grandes manchas blancas y negras, como si se estuvieran preparando para la Feria de Abril. Este pelaje era muy normal entre lo caballos españoles del siglo XV y lo popularizaron, definitivamente, sus más famosos descendientes, los que cabalgaron los indios de las grandes praderas de estados Unidos.

Pero, insisto, para comprender la rotundidad de su impacto en el primer momento, no debemos quedarnos en su velocidad, su capacidad para cargar o la posibilidad de acudir con ellos a lugares remotos del campo de batalla... Lo que de verdad partía la pana, era el carácter casi mitológico que, gracias a su desconocimiento, les otorgaron los aztecas, a quienes les parecían monstruos terribles ante los que no se podía hacer otra cosa que salir huyendo. Cortés, que era un águila, al ser consciente de efecto que causaba su caballería, supo aprovechar esta ventaja haciendo que sus hombres colocasen cascabeles a su monturas para aumentar el “infernal ruido” que hacían a los oídos indígenas.


Al principio, los hijos de Moctezuma pensaban que los jinetes eran centauros y en los primeros encuentros con españoles, a la que uno de nuestros abuelos descendía del caballo, a más de uno de los otros les daba un vahído y caía al suelo horrorizado, pensando que el monstruo había decidido depararse por su propia cuenta. Naturalmente, a la que los observaron de cerca, no tardaron en darse cuenta de que jinete y montura eran seres diferentes; sin embargo, tampoco avanzaron demasiado en la resolución del enigma pues, como oían a los castellanos hablar con ellos, pensaban que los equinos tenían el don de la palabra, tomándolos inmediatamente por dioses. Lógicamente, cada vez que encontraban uno de estos animales muerto o cuando conseguían derribar a uno de ellos en un lance fortuito, intentaban aprovecharse de su divinidad usándo sus cabezas cortadas para ahuyentar a los malos espíritus, colocandolas en los lugares mas malditos de todos según la extraña religiosidad azteca: los cruces de caminos. Con el tiempo, los aztecas comprendieron lo que de verdad eran los caballos e intentaron toda suerte de tácticas con las que detener sus mortíferas cargas; lamentablemente para ellos, cualquier avezado lector de temas militares sabe que la única manera de detener a un caballo a la carrera – excepción hecha de una pareja de la guardia civil... – es un bosque de picas o lanzas largas, armas ambas que no formaban parte de la tradición militar del nuevo mundo.

En cuanto a los perros, los aztecas solo conocían razas pequeñas que usaban, cuando estaban de buenas, como animal de compañía y, en las otras ocasiones, como vianda susceptible de venderse en el mercado, una vez cebada. Estos pequeños canes no tenían nada que ver con los grandes perros de guerra que llevaban los conquistadores y que, en muchos casos, como en el de aquella lebrela que llevaba la expedición de Hernando de Soto, les proveyeron de carne en los momentos más difíciles. Estos lebreles y, sobre todo, los alanos, causaban no poco pánico entre los americanos... y no es de extrañar: hoy en día, el alano es el perro más válido – y casi único – para la caza del jabalí y quien los ha visto lanzarse a por su presa, zarza de por medio, no lo olvida...

Otro día hablamos de un tercer aliado de los españoles que deberíamos tener en cuenta: la viruela...

La balada del viejo marinero

La balada del viejo marinero
Parte III
Taylor Colerige

Del mismo mar, embravecido
apareció a estribor
velado por la niebla y semioculto, el sol
que dentro de la espuma, se sumergió por babor

El favorable sur soplaba aún de popa
pero ni un solo pájaro amable nos seguía
y, ni tan solo por habre,
a nuestro saludo marinero respondía

¿Habré cometido un pecado fatal
que nos acarreé a todos la desdicha?
"Desgraciado - decían - ¿por qué mataste
al pájaro que hacia que soplase la brisa?"

De pronto,
como la faz de Dios, ni pálido ni rojo,
surgió de la bruma un sol esplendoroso...
"¡Qué acierto fue matar - ahora decían -
al pajaro que hacía que soplase la bruma!"

lunes, febrero 04, 2008

El Gladius Romano

Buenas noches.

Os presento el ingenio humano que ha matado más gente a lo largo de la historia, hasta la llegada de las armas de fuego. Mejor dejarlo claro cuanto antes y utilizar este dato, más que contrastado, para hacer ver al querido lector que estamos ante una invención obra del mismísimo demonio... Con el gladius, Roma extendió definitivamente su dominio sobre el mar que acabaría siendo su propio lago, el mediterráneo, se anexionó Egipto, se conquistaron las Islas Británicas, se alzaron banderas romanas en Partía, Mesopotamia y en la Dacia, se repelió a las exuberantes tribus de alanos, godos o marcomanos... e incluso el Imperio tuvo el detalle de librar al arma que le había dado todo, de presenciar los días en los que ya lo le quedaba nada. Vamos a verlo...

En los albores de la Roma arcaica, la inmensa mayoría de los guerreros itálicos portaban una curiosa mezcla de armamento vernáculo – de no muy buena calidad – junto con indumentaria de clara influencia helenística. Como no podía ser de otro modo, las espadas también respondían a esta influencia griega de manera que, a base de dejarlo correr, las legiones romanas que se presentaron en la península ibérica lo hicieron portando una panoplia de armas blancas “made in greece” de, más bien, muy dudosa calidad y gracias a las cuales los hispanos se echaron una buenas risas. En los primeros encuentros con nuestros abuelos, los romanos se quedaron patidifusos ante la efectividad de las espadas que portaban aquellos, armas no demasiado grandes, pero ligeras y resistentes, y de una calidad fuera de lo normal. Tras años de enfrentamientos y de “quitate tu pa´ponerme yo...” Roma empezó a avanzar en nuestro territorio y la conquista de la Hispania Citerioretimológicamente, aquella que se encontraba más cerca de Roma – favoreció el aprendizaje de los métodos metalúrgicos indígenas, que debían de ser canela fina. Los herreros de las legiones, auténticos artistas de aprovechar todo lo bueno que portaban aquellos que estaban a punto de ser conquistados, absorvieron el método español de forja – muy ligado, ojo, a la calidad de nuestro hierro – y parieron una adaptación de la espada española que, al menos, tuvieron el detalle de bautizar con nuestro nombre: Gladius Hispanensis.

Reproducción moderna de un Gladio tipo "Mainz"

El gladio de aquellos primeros tiempos era una magnífica arma de unos 52 centímetros de longitud, con un diseño muy curvilíneo que se estrechaba hacia la mitad de su hoja para luego volver a ensancharse y terminar en una agudísima punta. Su manofactura presentaba una calidad fuera de lo común, con mezclas o capas de hierro bajo en carbono o de acero carburado o hierro “dulce” que eran posteriormente endurecidos y templados. Por resumir, esa técnica tan cuidadosa, favoreciendo la carbonización del hierro hasta su justa medida, y enfriándola con lentitud y, si me apuráis, cariño, hace que se alcance ese “termino medio” que suele ser el preludio del éxito: un arma ligera pero resistente, flexible pero no quebradiza... un chollo vamos. Se la conoce entre los entendidos como modelo o tipo Mainz, por haberse encontrado en los alrededores de esa localidad germana más de dos docenas de estas espadas en relativamente buenas condiciones.

Para rematar, las dimensiones del arma eran las ideales para el romano medio de la época, esto es, alrededor de un metro sesenta y ocho centímetros y también resultaba excelente para la manera con la que los legionarios despachaban gente al otro mundo... atravesándole el estómago. La efectividad debía ser tal, que Druso, durante sus campañas en Germania, recalcó a sus hombres la necesidad de que solo introducieran en sus enemigos unos cinco centímetros de hoja... ya que, al parecer, con eso esa suficiente, y se corría el peligro de no poder sacar comodamente el arma en caso de introducirla más... y es que hay que estar en todo.

Las espadas de los legionarios se colgaban de un tahalí o de un cinturón pero siempre se mantendrían en la misma posición, ergidas, en la cadera izquierda. Esta colocación, que a primera vista podría parecer arbitraria o incomoda, responde a la necsidad de no cortar el pescuezo al compañero en medio del fragor de la batalla. Si desenfundaramos desde la cadera izquierda en medio de una situación de melé u orden cerrado, el brazo derecho podría verse estorbado por el gigantesco scutum e incluso podría resultar herido el miembro que la sujetaba. Tan solo el Centurión o el Optio, siempre colacados fuera de la formación de una manera aislada, no necesitaban de estas precauciones y desenvainaban desde la izquierda. En combate, se seguían concienzudamente las normas de enfrentamiento que Druso nos indicaba más arriba, básicamente, cuchillada... protección tras el escudo... nueva cuchillada... y nada de tajos o golpes desde arriba que – está comprobado – no sirven para matar a nadie y menos a aquellos gigantescos germanos que sacaban a los romanos cabeza y media.

Moderna reproducción de un tipo Pompeii


El tipo Mainz se siguió usando según avanzaba el imperio, principalmente por su impresionante factura, porque su punta podía atravesar una cota de malla y puede que por motivos sentimentales u ornamentales. Sin embargo, consolidada la época imperial, las legiones se habían profesionalizado definitivamente y, vencidos britanos y galos, no abundaban los enemigos dotados de mucha protección corporal. Los economistas romanos, que los había, llegaron a la conclusión de que no estaba justificado seguir produciendo esa complicada espada a precio de oro y “parieron” un modelo inferior, más barato y sencillo: la tipo Pompeii. Como resultado de su producción masiva, para todas las legiones y fuerzas auxiliares, el precio se abarató y, porqué no decirlo, hasta los herreros más zotes fueron capaces de forjarlas decentemente. Este gladio presenta un diseño recto de bordes paralelos – más fácil de conseguir – que termina en una punta corta, más reducida y de forma triangular... ¿Las ventajas?... pues muchas: para empezar el borde recto “ayudaba” al herrero ya que simplificaba el forjado; además, su punta más consistente era menos vulnerable a la despuntadura lo que, seguro, exigía menos cuidados y mantenimiento. Paralelamente, la caballería empezó a utilizar la Spatha, un estoque similar al Pompei pero mucho más largo para permitir abrir cabezas sin tener que aparcar el cabllo en zona azul.

Con el tiempo, el Imperio se vio amenazado en la práctica totalidad de sus fronteras y se vivió un proceso de “barbarización” de las legiones que desembocó en la presencia masiva de godos y otros pueblos para los que el gladio, era poco menos que un mondadientes. Estos pueblos, insisto, no acuchillaban sino que "tajaban" con lo que necesitaban sus interminables espadas para cumplir con su trabajo. Los romanos, con cada vez con menos herreros dispuestos a hacer las cosas a la “antigua”, con poco dinero en su arcas y poco decididos a comportarse como sus dignísimos abuelos, fiaron su futuro en que fueran otros los que les defendieran y, casi sin darse cuenta, mandaron al gladio al baúl de los recuerdos. Menos mal. Hay que agradecerles, líricamente, que libraran a ese magnifico ingenio de semajante trago, el peor al que puede someterse a algo romano... el verse conquistado. Al menos, el gladio podrá decir eso que tantas veces hemos oído y que, en parte, algo de verdad encierra... “cuando yo me fui... las cosas todavía estaban bien”.

Nombre técnico: Gladius Hispanensis

Año de introducción: Hacia el 190 a.C.

Año de caída en desuso: Aproximadamente, a finales del siglo III d.C, pero de forma muy paulatina.

Difusión: Legiones romanas y auxiliares, a lo largo del todo el Imperio.

Batallas en las que participó: En todas las de la época, significativamente en la conquista de las Islas Británicas (Mons Graupiuns), en las guerras civiles del siglo I a.C. (Actium, Munda, Farsalia...) en las guerras dacias y marcomanas (Tapae) y, posiblemente, incluso en la batalla de Estrasburgo contra los alamanes, en el 357 d.C.